miércoles, 17 de octubre de 2018

«Dios es el principio y fin de todas las cosas». Sermón del Consiliario de la C.T.

El domingo pasado, San Pablo nos rogaba “que viviéramos cual conviene a nuestra vocación [en este caso política] con toda humildad y mansedumbre, con longanimidad, sobrellevándoos mutuamente por amor, guardando solícitos la unidad del espíritu con el vínculo de la paz. Un solo cuerpo y un solo espíritu; como también habéis sido llamados por vuestra vocación a una sola esperanza. Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, obra por todos y mora en todos nosotros; el cual es bendito por todos los siglos. Amén” (Efesios, IV 1-6).
“Omne agens agit propter finem”
Como respuesta a la vocación política en la Comunión Tradicionalista, debemos conjugar nuestras fuerzas, y sólo lo lograremos si tenemos unidad de fin, si ponemos nuestra inteligencia y voluntad en la prosecución del mismo fin que nos señala claramente el evangelio de San Mateo de este domingo XVII del tiempo de Pentecostés: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todo tu espíritu. Este es el mayor y primer mandamiento. Y el segundo es semejante a este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mt. XXII 36-39). Lo que de una manera análoga formula San Ignacio en el principio y fundamento de los ejercicios espirituales.
San Mateo nos exhorta a “buscar primero, ante todo el reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura. No os preocupéis, entonces, por el mañana. El mañana se preocupará de sí mismo. A cada día le basta su propia pena” (Mt VI, 33-34).  Si estamos todos de acuerdo en que esto es así, habremos alcanzado algo fundamental: la unión de nuestras voluntades, de nuestras almas, que, multiplicando nuestras fuerzas,  las hace superiores a toda fuerza humana, pues se hacen divinas, con vínculos de caridad, vínculos de perfección, encarnando la Comunión que nos hace Iglesia, que nos hace Patria.
La gracia que nos une en la prosecución común de ese único y mismo fin de todos y cada uno, nos protegerá de aquello que la oración de esta Misa nos previene, cuando le pide a Dios que “nos conceda evitar los contagios del demonio”, “Da, quesumus, Domine, populo tuo diabólica vitare contagia: et te solum Deum pura mente sectari” (según la etimología los filólogos nos dicen que diablo significa: el que divide), el diablo divide para vencer, nos hace caer en pecado al dirigir nuestros actos hacia cualquier otro fin que no sea Dios (el pecado se define como  “aversio a Deo, conversio ad creaturas”). Entonces al abandonar como fin último a Dios y desviarnos a cualquier otra creatura, los fines se multiplican tanto como las creaturas y las fuerzas se dividen tanto como los fines, para que desviados de nuestro fin nos debilitemos de tal manera que caigamos en pecado, y derrotados quede destruida toda Comunión.
Los malos muchas veces resultan eficaces y alcanzan éxitos aparentes, porque actúan maquiavélicamente; para ellos el fin justifica los medios y no habría obstáculo que no vencieran sus malas artes, porque ni la mentira, ni el crimen les arredra. Y entonces nosotros nos veríamos limitados en nuestro actuar porque San Pablo nos dice que no podemos hacer cosas malas para alcanzar cosas buenas: “Non sunt facienda mala ut eveniant bona” (Rom. III,8). Esto podría hacernos creer que ante tal planteamiento nuestra acción política está condenada a la derrota, y entonces es cuando nosotros podemos sufrir la tercera y última tentación de Cristo en la montaña, cuando el diablo le ofreció todos los reinos del mundo y su gloria, si postrado le adoraba, y el Señor le venció diciéndole: “Vete Satanás, porque está escrito: adorarás al Señor tu Dios y a El sólo servirás”(Mt IV,10) .
Y es ahora cuando quiero recordaros que los malos no cuentan más que con sus propias fuerzas y las ayudas que suben desde el infierno, y aunque “los hijos de las tinieblas son más sagaces que los hijos de la luz” (Lc. XVI, 8), nosotros contamos con Dios, Él es nuestra fuerza y sabemos en quién hemos confiado, “scio qui credidi” (II Tim. I, 12) y no seremos confundidos. Y con la fuerza divina del Resucitado no pueden contar los malos, esa fuerza está en las almas santas, en las almas en gracia de Dios. Esta es una razón más por la que debemos vivir en estado de gracia; como sarmientos debemos permanecer unidos a la Vid, para poder dar buenos frutos, frutos de vida eterna. Sin la gracia de Dios no somos más que muertos en vida. Nada sin Dios.
Citando un ejemplo, el mundo liberal que ha renunciado a la unidad católica, pretende utópicamente la unidad territorial de España, como tantos conservadores que pretenden embalsamar, para mantener entero el cadáver de un animal sin alma y del toro no queda entera ni la piel. Esto es hacer de la añadidura un fin último. Otros movimientos políticos, que tientan a muchos españoles incautos, que para alcanzar su fin caen en la amalgama democrática, buscando respaldo económico, se venden por un plato de lentejas al mismo sistema. Incluso dentro de nuestras propias filas aquellos que no viven cristianamente olvidan el salmo 125: “Si Dios no trabaja, en vano se fatigan los obreros”.
El tradicionalismo se distingue de todos los demás movimientos por su fin último claro y preciso, trascendente y meridiano: Buscar el reino de Dios y su justicia, o como dice la oración de este domingo: “te solum Deum pura mente sectari”. Fiel a lo fundamental y esencial. Construyendo sobre la piedra angular que es Cristo, despreciada por todos los demás, razón de ser del trono y el altar, de nuestro lema: Dios, Patria, Rey.
En la  segunda parte del precepto: “amarás a tu prójimo como a ti mismo”, caridad horizontal de nuestra vocación se une como en una cruz con la caridad vertical, pivotante, que une la tierra con lo más alto: Dios, con la horizontal, abierta a los prójimos que viven en esta tierra en un abrazo redentor. Por eso “hacemos política”. Nos preocupan nuestros prójimos, esos que según el orden de la caridad, tienen una prelación en nuestras obligaciones que conjugan nuestros deberes de caridad y justicia.
Estas obligaciones son las que hoy nos debemos plantear: ¿Qué hacemos?, ¿cómo lo hacemos?, ¿qué debemos hacer?, ¿qué NO hemos hecho?; ¿qué hicimos mal?, ¿qué omisiones cometimos y cometemos?
La caridad como virtud operativa nos urge “Charitas Christi urget nos“. Sabemos, “Porque como el cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe sin obras está muerta” (Santiago 2,26).
Hemos puesto nuestra FE en Cristo, en Dios Encarnado. Creemos en la Encarnación de Dios y cada vez que rezamos en la Misa el Credo al llegar al “et incarnatus est” nos hincamos, lo mismo hacemos en el último Evangelio al rezar el Prólogo del Evangelio de San Juan. Cada vez que rezamos el Ángelus “el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” honramos el centro mismo de nuestra FE en la Encarnación.
El Verbo de Dios Encarnado, como le anunció el Anciano Simeón a María Santísima, sería piedra de tropiezo, escándalo para muchas almas. Lo fue para el ángel más perfecto cuando ante la Encarnación dijo “Non serviam”. Ante el milagro de la transubstanciación eucarística muchos judíos se escandalizaron ante la posibilidad de comer el cuerpo y la sangre del Señor. Y ante la encarnación, con minúscula, de cosas grandes en su concreción material muchos se escandalizan. Por ejemplo, si ante la encarnación de algo tan grande como el sacerdocio en mi yo concreto y personal, o ante la encarnación de la autoridad papal o la autoridad temporal y política en determinado Rey nos podemos llegar a escandalizar, recordemos aquello de Nuestro señor, “Bienaventurado el que no se escandalice de mí” (Lc.VII,23). Por eso no debemos desalentarnos ante las diferentes concreciones en las que encarnamos ese ideal tan sublime que nos ha sido legado: la Tradición. Bajar de lo teórico a lo real, de lo abstracto a lo concreto, por lo general, lleva a muchos militantes a escandalizarse, apostatando, desertando o revelándose. “Es inevitable que haya escándalos, pero ay de aquel que los ocasione, más le vale que le cuelguen al cuello una de esas piedras de molino que mueven los asnos y le hundan en lo profundo del mar” (Mt. 18, 6). Dios nos libre de ser ocasión de escándalo por nuestras incongruencias. Sólo lo podremos evitar si permanecemos muy unidos a Nuestro Señor por la gracia, pues Dios no puede escandalizarse jamás, y a El nadie le puede argüir de pecado.(Jn IX,6) .
Agere sequitur esse.
El ideal, la vocación a la que somos llamados, debemos encarnarla. Hacerla sensible para que sea testimonial, pues sabemos que nada puede llegar al alma sin antes pasar por los sentidos. Nuestro espíritu católico, nuestra militancia tradicionalista, nuestra vocación carlista, la debemos materializar, hacer sensible, percibida por los cinco sentidos de nuestro prójimo, manifestando nuestro ser de manera sensible, visible, palpable, audible, etc.
Nuestro Señor nos recuerda que: “Vosotros sois la sal de la tierra. Mas si la sal pierde su sabor, ¿con qué se la salará? Para nada vale ya, sino para que, tirada fuera, la pisen las gentes” (Mt. 5, 13). Por lo tanto, debemos ser “gustables”, y en cuanto gustables, no podemos ser unos “sosos”, unos “desaboríos”. Y aunque nos parezca esto un imposible, pensemos que Nuestro Señor se hizo alimento, y fue, también, para darnos ejemplo. Hoy existe una multitud hambrienta que debemos alimentar, que no solo viven de pan, sino que nos devoran integralmente, nos devoran el tiempo, las fuerzas, las economías. Un militante de verdad es un hombre “comido”. Y ante la ferocidad de aquellos que, entre nuestros semejantes, nos devoran, casi que nos produce cierta nostalgia las dentadas fauces de las fieras que devoraban cristianos en el circo. Por eso les animo, antes que a la postre nos devoren los gusanos, a dejarnos comer por nuestros hermanos hambrientos.
También nos dice San Pablo que: «Nosotros somos el buen olor de Cristo» (2 Cor. 2,15). Por nuestras virtudes en medio del hedor de tanto pecado ( Rom. III,10). En medio de las nauseabundas ideologías de la degeneración contemporánea, debemos recordar que en la raíz etimológica de la palabra virtud, está la raíz: “vir”, que quiere decir: hombre, fuerza. Por eso, sin entrar en detalles, el militante tradicionalista no pueda ir oliendo por ahí a perfumes Jean-Paul Gaultier. Muchos de nuestros prójimos tienen el “sensus fidei” y por “olfato” perciben muchas cosas no solo en el orden espiritual, sino también en el orden natural. Procuremos ser de tal manera que seamos odorables, no sólo para quien pueda carecer del oído o la vista, sino también para aquellos que, teniendo el olfato fino, puedan percibir que sois portadores de las más preciosas esencias. Seamos, como el vaso de barro que a los pies de Cristo derrama la Magdalena, existencia que, derramada a los pies divinos inundan la casa de agradable olor. El buen olor es generoso y al soplo del Espíritu lo esparce, lo lleva, allí donde Él quiere.  Mas un alma sin la gracia ni la caridad es un cántaro de vino corrompido, de vinagre, de celo amargo, del que todos huyen solamente por su olor. La pureza de su vida y sus costumbres es un lirio casto y puro que con su aroma exorciza el espíritu inmundo que habita en una ciénaga de impureza en la que están empantanadas tantas almas, donde perecen tantos ideales, donde sucumben tantas voluntades.
La doctrina tradicionalista la debemos vivir, encarnar, para que sea tangible. De lo contrario,  muchos escépticos contemporáneos que, como Santo Tomás no creen si no meten los dedos en las llagas del Señor, jamás nos tomarán en serio si en realidad no hay nada qué “tocar”.
Un carlista es un hijo de la luz, por eso un carlista debe ser visible. Y no se enciende una lámpara para ocultarla bajo el celemín. Debemos ser “Como antorchas en el mundo” (Fil. 2,15). Os exhorto con San Pablo a vivir como “hijos de la luz” (Ef. 5,8ss. 1 Tes. 5,4ss); fuimos en algún momento «tinieblas» ahora que conocéis la verdad sois «luz en el Señor»: en consecuencia debemos vivir como luz, renunciando a las tinieblas del pecado y la ignorancia. Un carlista lleva sobre su frente una boina colorada, evidentemente no es para camuflarse, mimetizándose, con el mundo y en el mundo, sino para hacer visible su identidad. Los carlistas siempre fueron reconocidos como referentes de la ortodoxia, de la sana doctrina.
El respeto humano ha llevado a muchos tradicionalistas a un silencio culpable. Callar ante el mundo, traicionando la verdad, es una cobardía, indigna de nuestros mayores. Muchos de vosotros, con el Bautista, sois una voz que clama en el desierto, haciendo audibles las verdades que no pasan de moda, predicando la verdad que hace libre a los hombres, proclamando con generosidad y valentía la doctrina de siempre, tradicional, que es patrimonio de todos. De la abundancia del corazón habla la boca, tratemos en estos días de vaciarnos de frivolidades y llenarnos de sabiduría. La Fe llega por el oído “fides ex auditu”, no nos cansemos de sembrar, algunas palabras caerán en tierra fértil y darán el ciento por uno.   ¿Dónde irá la sociedad si solo el Señor tiene palabras de vida eterna? ¿Cómo llegará la libertad a las almas si permanecemos callados o diciendo sólo y siempre tonterías?
Encarnar es hacer sensible, hacer sensible es hacer tangible, audible, visible, odorable, gustable.
El Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros. Y nosotros hemos visto su gloria, la gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad. Y encarnado el Espíritu Católico podremos vivir en la Cristiandad siempre anciana y siempre nueva.
La gracia de la Encarnación es una gracia eminentemente mariana. Que su Corazón Inmaculado nos conceda esta gracia. Participando así, participaremos de su Victoria pues al fin el Corazón Inmaculado ¡TRIUNFARÁ!
El Consiliario

jueves, 11 de octubre de 2018

Economía, tradición

Por Luis Infante, publicado en “La Santa Causa”, nº 4 (abril-mayo 2003)

Curioseando por la Red encontré no hace mucho tiempo el artículo de Josep Fontana, La economía del primer franquismo[1]. Me fijé en sus esfuerzos por resultar despectivo hacia los principios cuya mezcla inspiró, según él, las fórmulas económicas de aquel período:

«Pero es que al propio tiempo los tradicionalistas estaban usando el término corporativismo en un sentido mucho más conservador, antiliberal —y, si se quiere, anticapitalista, pero por precapitalista—, que reivindicaba los gremios y soñaba con el retorno a la supuesta armonía de la sociedad medieval. Los Estatutos de la Obra Nacional Corporativa definen los sindicatos como gremios y proponen fomentar “el trabajo a domicilio, familiar y la arteinsanía [sic!]”[2]. Un estudio adscrito a esta tendencia, el de José María de Vedruna sobre la “economía eléctrica”, dedicado inequívocamente a Fal Conde, no presenta más elemento doctrinal que la condena de la “funesta herejía liberal”, lo que le hace más próximo al padre Sardá, autor de El liberalismo es pecado, que al fascismo[3]».

Comentándolo con un amigo, éste me hizo ver que las propuestas de la Obra Nacional Corporativa que cita Fontana, además de practicables y bien orientadas, son lo que en estos tiempos de neologismos tonticultos reciben títulos como «nuevos yacimientos de empleo», «técnicas de autoempleo», «trabajo flexible», etc.

Dice Fontana que los estatutos de la O.N.C. «definen los sindicatos como gremios»[4]. En la zona nacional, tras el 18 de Julio de 1936, la O.N.C. –como toda la Comunión Tradicionalista– se prepara para la restauración de la sociedad tradicional. En ésta el régimen capitalista desaparecería, y con él la necesidad de los sindicatos de clase. No iban las cosas mal encaminadas: incluso un historiador anticarlista como Blinkhorn reconoce que la O.N.C. tras irse uniendo voluntariamente a ella multitud de sindicatos católicos, asociaciones profesionales etc., llegó a constituir la mayor organización sindical de España[5]. Los sucesivos decretos de unificación y la deriva política a ellos aparejada frustraron aquellas esperanzas[6].

No quiero ahora pararme en los proyectos y realizaciones de José María Arauz de Robles y sus contemporáneos, sino en dos aspectos fundamentales:

· El rechazo del liberalismo en todas sus formas;
· La inseparabilidad de Contrarrevolución, Monarquía tradicional y organización tradicional de la economía y la representación.

Desde que comienza a articularse el pensamiento contrarrevolucionario se enuncia, de una u otra forma, el rechazo (que ya era instintivo aun antes de su enunciación) al liberalismo en sus tres manifestaciones principales:

El liberalismo religioso (que hoy podemos llamar modernismo, sin perder de vista que conoce formas atenuadas); el político (al que pertenecen todas las corrientes nacidas de la Revolución, de la derecha a la izquierda, y al que se adscriben sin excepción –aunque quepan matizaciones– cuantos gobiernos ha habido en Madrid desde al menos 1833); y el económico (es decir, el capitalismo; sea el de mercado[7], el del Estado o sus formas mixtas).

Así Carlos VI, en su Manifiesto de Maguncia (16 de marzo de 1860):

«El sistema que nuestros últimos años ha regido en España, apoyado en una serie de ficciones que repugnan a la razón, y teniendo por base la corrupción más completa en el sistema electoral, no ha aprovechado para nada al pueblo, y no es más que un nuevo feudalismo de la clase media, representada por abogados y retóricos. Las clases similares de la Monarquía han desaparecido. Sería gran locura por mi parte querer reconstituirlas ab irato; pero encontrándome solamente con masas populares, pues la nobleza desaparece lentamente en virtud de la desvinculación, y perdida la influencia del clero por las inicuas leyes desamortizadoras, la empresa más honrosa para un Príncipe es librar a las clases productoras y a los desheredados de esa tiranía con que las oprimen los que, invocando la libertad, gobiernan la nación».

O Jaime III, refrendando los Acuerdos de la Junta Magna de Biarritz (30 de noviembre de 1919):

«[La Comunión Tradicionalista] defenderá, al propio tiempo que aumentará, la actuación de política social, sobre el esencial fundamento de la pronta reconstitución de las clases y corporaciones profesionales, manteniendo el puro y cristiano concepto de la propiedad hasta contra los atentados que, con espíritu contaminado de errores y prejuicios, le dirigen los propios partidos afines[8], y defendiendo, al par, con la mayor actividad y energía, cuanto representa verdaderamente la dignificación de la clase obrera, llamada a disfrutar de tiempos nuevos, más justos y cristianos, si al cabo, como es de esperar, la Revolución universal es vencida».

Línea de pensamiento que llega a nuestros días:

«La entrega de la confesionalidad católica del Estado ha acelerado y agravado el proceso de secularización que le sirvió de excusa más que de fundamento, pues éste —y falso— no es otro que la ideología liberal y su secuencia desvinculadora. De ahí no han cesado de manar toda suerte de males, sin que se haya acertado a atajarlos en su fuente. La nueva “organización política” —que en puridad se acerca más a la ausencia de orden político, esto es, al desgobierno— combina letalmente capitalismo liberal, estatismo socialista e indiferentismo moral en un proceso que resume el signo de lo que se ha dado en llamar “globalización” y que viene acompañado de la disolución de las Patrias, en particular de la española, atenazada por los dos brazos del pseudo-regionalismo y el europeísmo, en una dialéctica falsa, pues lo propio de la hispanidad fue siempre el “fuero”, expresión de autonomía e instrumento de integración al tiempo, encarnación de la libertad cristiana» (S.A.R. Don Sixto Enrique de Borbón, Manifiesto del 17 de julio del 2001).

¿A qué se debe que pensamiento tan acrisolado no resulte hoy suficientemente conocido ni aun entre quienes se tienen por tradicionalistas? Además de la confusión generada por el franquismo, sus contradicciones y sus oscilaciones, a estas alturas seguramente pesa más el oscurecimiento de la doctrina de la Iglesia[9]. Doctrina que, en su formulación tradicional y ortodoxa, no deja lugar a dudas, y no es sólo contemporánea.

En asunto tan importante como el préstamo dinerario, en 1745 dice Benedicto XIV en su Encíclica Vix pervenit:

«El pecado llamado usura se comete cuando se hace un préstamo de dinero y con la sola base del préstamo el prestamista demanda del prestatario más de lo que le ha prestado. En la naturaleza de este caso la obligación de un hombre es devolver sólo lo que le fue prestado».

El Catecismo Romano del Concilio de Trento lo había expresado aún más sencillamente:

«Prestar con usura es vender dos veces la misma cosa, o más exactamente vender lo que no existe» [10].

La claridad no es menor en los demás aspectos de la cuestión social.

Ante el Carlismo se presenta la tarea de la reconstrucción del orden tradicional, la restauración de la Cristiandad. Y en tanto no se realice obra tan enorme, cumple mantener estructuras de resistencia y de defensa de intereses legítimos. Hemos citado de pasada a los Sindicatos Libres y a la Obra Nacional Corporativa (de la que subsiste algún resto, al parecer, en forma de mutualidades y otros institutos que escaparon a la unificación franquista)[11].

No tenemos espacio para ocuparnos del Movimiento Obrero Tradicionalista [...], ni para algún excelente sindicato actual (en Valladolid, por ejemplo) del que preferiría que escribiesen sus impulsores. Sí para incluir una lista de libros útiles, seleccionados con el criterio de que sean relativamente fáciles de encontrar, bien por sus numerosas ediciones aún circulando, bien por haberlas recientes o estar en preparación. Se proporcionan los datos sólo de algunas, y se consideran incluidos los títulos de las notas del final.

Robert McNair Wilson, La Monarquía contra la fuerza del dinero. Cultura Española, Burgos 1937; Doncel, Madrid 1976. Original en inglés Monarchy or Money Power, Eyre & Spottiswoode, Londres 1932; en Estados Unidos titulado Gold & the Goldsmiths.

René de la Tour du Pin, Hacia un orden social cristiano. Euroamérica, Buenos Aires 1979. Original en francés Vers un Ordre Social Chrétien.

Jean Ousset y Michel Creuzet, El trabajo. Speiro, Madrid 1964. Original francés Le Travail.

Hilaire Belloc, Economics for Helen. The St. George Educational Trust, Liss 1995[12]. Del mismo autor y editorial: Usury y An Essay on the Restoration of Property.

Arthur Penty, The Guild Alternative. The St. George Educational Trust, Liss 1995.

Olive y Jan Grubiak, The Guernsey Experiment. Numerosas ediciones desde 1960. Extraordinario.

Cualquiera de los numerosos títulos del irlandés Padre Denis Fahey merece atención.

Otro día prometo dedicarme a los autores españoles. Hoy, como decía más arriba, he procurado reunir los que puedan conseguirse más fácilmente.

Notas
[1] Las primeras publicaciones de Fontana, de tendencia neomarxista, no carecían de interés. Su crítica a las historiografías oficiales (la liberal y la marxista clásica) resultaba estimulante. Lástima que, en la carrera de prebendas y vanidades en que se ha convertido la vida académica actual, Fontana parece haber evolucionado a neoliberal con ribetes postmarxistas. Eso sí: comparado con Jordi Canal, por ejemplo, Fontana sigue siendo paradigma de rigor.

[2] Estatutos de la Obra Nacional Corporativa. San Sebastián, Navarro y Del Teso, s.a., pág. 4.

[3] José María de Vedruna, Ordenación de la economía eléctrica nacional. (Colaboración a la Obra nacional corporativa). Madrid, Editorial Tradicionalista, 1943.

[4] Para un buen ejemplo de sindicalismo carlista de clase: “Los Sindicatos Libres, un obrerismo nacido en la Tradición”, reproducido en El Piquete.

[5] Martin Blinkhorn, Carlism and Crisis in Spain 1931-1936. Cambridge University Press, 1975; versión española Carlismo y contrarrevolución en España 1931-1939, Barcelona, Crítica, 1979.

[6] Un buen resumen de los presupuestos doctrinales e implicaciones en la organización política en Acedo Castilla, J.F., “La representación orgánica en el pensamiento tradicionalista”, Razón Española nº 112, Madrid, marzo-abril 2002.

[7] Un supuesto, y falso, “libre mercado” distinto del capitalismo puro y duro suele invocarse entre los católicos deseosos de acomodarse en el sistema, o entre aquellos cuasitradicionalistas que no comprenden bien el antiestatismo de nuestros postulados.

[8] Una buena ampliación contemporánea: «Disminuyendo al máximo la propiedad individual y la estatal, el Carlismo conoce primordialmente las formas de propiedad social, cuyos sujetos sean la familia, el municipio, las agrupaciones profesionales y las sociedades básicas restantes. Y de acuerdo con ello, el Carlismo condena expresamente la desamortización de los bienes de las comunidades en el expolio con que la dinastía usurpadora fraguó artificialmente una clase burguesa de enriquecidos por méritos de favor político, a fin de sostenerse en el trono usurpado, exigiendo la reconstitución inmediata de los patrimonios sociales, especialmente de los municipales, previa indemnización a los poseedores de buena fe». Centro de Estudios Históricos y Políticos “General Zumalacárregui”, ¿Qué es el Carlismo?, ESCELICER, Madrid, 1971.

[9] No faltan meritorios esfuerzos por encajar los documentos pontificios actuales en la doctrina social tradicional de la Iglesia; así, Permuy Rey, José María, “La Doctrina Social de la Iglesia frente al Capitalismo” en ARBIL, anotaciones de pensamiento y crítica, nº 50.

[10] Ante la claridad de estos términos es inevitable preguntarse por la frecuente vinculación de miembros de ciertos institutos, prelaturas y movimientos supuestamente católicos con la banca más usuraria y especulativa.

[11] Unificación y confiscación de abundantísimos bienes de los que cabe y debe caber exigir restitución, al menos tan plena como la “devolución del patrimonio sindical” que ha beneficiado a U.G.T. y, paradójicamente, a CC.OO., que no existía en 1936.

[12] Todos los títulos de esta editorial pueden solicitarse a: The St. George Educational Trust, Forest House, Liss Forest, Liss, Hampshire, GU33 7DD, Inglaterra.

Los títulos de Belloc están a punto de ser publicados en español por Ediciones Nueva Hispanidad.