lunes, 4 de diciembre de 2017

Andalucía: 40 años de la imposición de una falsa identidad

Hoy, 4 de diciembre, se conmemora el día en que, hace cuarenta años, a rebufo de un renaciente nacionalismo vasco y catalán de tintes liberales e izquierdistas —engendrado en el seno del tardofranquismo—, se introducía también en nuestra tierra el veneno del nacionalismo regional. Dicen que ese día un millón de personas se manifestaron para pedir la «autonomía», y que ese hecho justificaría la creación de la artificial Comunidad Autónoma Andaluza y la adopción de una bandera y un himno contrarios a nuestra identidad. Poco importó que fueran más los millones de andaluces que se quedaron ese día en su casa; o que durante la Transición año tras año en el mes de noviembre se congregaran también un millón de españoles en la madrileña plaza de Oriente para mostrar su rechazo al separatismo y la democracia liberal. El nuevo régimen tenía decidido de antemano qué manifestaciones iban a obtener réditos políticos y cuáles no.

Como andaluces tradicionalistas afirmamos que el nuevo centralismo absorbente que se creó entonces —aunque estuviese la capital en Sevilla y no en Madrid—, así como los símbolos morunos que nos adjudicaron, no tienen nada que ver con el sano regionalismo cordobés y español que reivindicamos. Para mostrar el por qué de nuestro rechazo a la enseña verdiblanca, reproducimos el siguiente artículo publicado en 2015 por nuestros correligionarios del Reino de Granada.



Santiago Matamoros, Apóstol de Cristo y Patrón de España,
aparecido según la tradición en la Batalla de Clavijo,
contribuyendo a la victoria sobre las huestes sarracenas.
No puede dejar de preguntarse cualquiera que conozca el tradicional carácter netamente católico y españolista del pueblo andaluz, cómo es posible que la enseña que dice representar esta región se inspire en los pendones de los enemigos de España y de la Cristiandad, a los que los antepasados de los andaluces, venidos de todos los rincones de las Españas, habían derrotado muchos siglos atrás en una larguísima lucha contra el invasor, haciendo triunfar finalmente la Cruz sobre la media luna y repoblando la tierra que anteriormente habían habitado sus mayores, los mozárabes (la mayoría de los cuales se habían visto obligados a exiliarse al norte para escapar del yugo sarraceno en sucesivas olas migratorias).

Auténtico pendón o bandera de Sevilla, cuyo diseño coincide
(salvo por el color) con el del blasón de la región andaluza, 
que hasta 1833 no incluía las actuales provincias de Granada, 
Málaga y Almería. San Fernando, conquistador de Córdoba, Jaén 
y Sevilla, es patrón de esta última y de otros pueblos andaluces.
Los renegados, mal llamados andalucistas, de principios del siglo XX, con el masón Blas Infante a la cabeza, ignoraban (o querían ignorar) que Andalucía, al igual que el resto de reinos, principados, señoríos y provincias españolas, ya tenía su tradicional simbología propia desde muy antiguo, como indicaba el libro de Escudos de Armas, LIBRO Y BARAJA, de Francisco Gazán de 1748; [1] o el mapa geográfico de Pedro de Salanova de 1792, [2] por lo que no era necesario inventarse enseña alguna:

Una vez implantado el liberalismo, los reinos de España fueron sustituidos por provincias no siempre acordes a nuestra historia. En 1833 desaparecía el Reino de Granada del mapa geográfico, quedando integrado nominalmente en Andalucía, aunque lo que vino a llamarse Andalucía Oriental siguió administrándose de manera separada en la España liberal, quedando las provincias orientales, incluida Jaén, sujetas a la jurisdicción de la Audiencia de Granada y a su Capitanía General, por lo que a mediados del siglo XIX se consideraban provincias granadinas o país granadino. [2]

Los nacionalismos separatistas o pseudoseparatistas que empezaron a aflorar a principios del siglo XX en Cataluña y Vascongadas a raíz de la pérdida de Cuba y Filipinas influidos por las corrientes románticas y racistas europeas, tuvieron también su eco en Andalucía. Los "iluminados" sureños (a los que, a diferencia del caso vasco y catalán, casi nadie siguió) alegaban que la supuesta raza árabe de los andaluces había generado un paraíso andalusí perdido con la Reconquista.
Blas Infante

Su líder, Blas Infante, inventor del mal llamado andalucismo, personaje que ha pasado a la historia como pacifista pero que realmente fue un belicista que hizo campaña a favor de la entrada de España en la Primera Guerra Mundial y que dedicó un drama épico a Almanzor [3] (caudillo árabe famoso por su crueldad y masacres a los cristianos) jamás consiguió acta de diputado y su movimiento "andalucista" fue insignificante en la práctica durante el reinado del llamado Alfonso XIII.

Sin embargo, a raíz del proyecto de descentralización del Estado emprendido por la II República, que no llegó a prosperar, se hacía necesaria la adopción de una bandera para cada región. La pregunta ¿cómo lograron colarle al entonces muy católico y españolista pueblo andaluz una bandera mora? se responde fácilmente a la luz de las noticias aparecidas en la prensa de la época: a base de mentiras.

A finales de octubre de 1932, con motivo de los actos preparativos de la Asamblea Regional Andaluza encargada de preparar la autonomía para la región (asamblea que acabaron abandonando los representantes de las diputaciones republicanas de Granada, Jaén, Almería y Huelva, en rechazo al proyecto autonomista planteado, con el posterior alcalde republicano de Granada, Ricardo Corro, espetándole a la Asamblea: ¡Repasad la historia! [4]) la Comisión andalucista hacía público en la prensa el siguiente comunicado [5]:

Muchas personas se han dirigido o la Comisión con el deseo de conocer el origen y significado de la bandera regional. En la imposibilidad de contestar personalmente a todas, empleamos el gran vehículo difusor de la Prensa para decir que no es la bandera andaluza una creación artificiosa del momento, sino que tiene una dilatada y gloriosa existencia histórica. Las provincias béticas ya empleaban en tiempos de Roma los tonos verde y blanco para las insignias. Posteriormente la Andalucía mahometana adopta en las banderas de sus cofradías iguales colores. Y en tiempos de la gran obra de América (eminentemente andaluza) se emplean dichos colores para distinguir los Gobiernos virreinales y abanderar las naves que mantenían el tráfico con las Indias por la Casa de contratación de Sevilla. En este concepto ondeó profusamente durante la Exposición Iberoamericana en todos los actos oficiales, como había ondeado anteriormente en todos los centros andalucistas, clausurados durante la Dictadura, y por último en la Casa de Andalucía, en Madrid. En cuanto a la interpretación simbólica de las franjas alternadas (verde-blanco-verde), la más admitida es casas blancas en campo verde los pueblos y los campos andaluces. 

El comunicado de la Comisión no requiere mayor interpretación. Puesto que nadie conocía el significado de esta bandera que empezaba a utilizarse en edificios públicos de la República y que había sido ya izada en la Exposición Iberoamericana de Sevilla de 1929, a los que preguntaban, se les decía que eran unos colores que representaban "casas blancas en campo verde" o "paz y esperanza" y que habían sido también empleados tanto por los romanos, como por los moros, como por los españoles modernos "en la gran obra de América eminentemente andaluza". Concepto este último en el que había ondeado falsamente en la Expo del 29 y no por su significación real, meramente mahometana.

Sin embargo, después de que algunas diputaciones provinciales y ayuntamientos la hubieran convertido ya, de facto, en la bandera de Andalucía, los mal llamados andalucistas no tuvieron reparos en hacer pública, ahora sí, la realidad que antes habían ocultado, dejando en evidencia las mentiras que habían empleado sobre el significado de la bandera con el fin de facilitar su adopción.

Así, en diciembre de 1932, un artículo publicado en varios periódicos, entre ellos en el diario republicano La Voz, [6] explicaba el origen de la enseña que aquellos "iluminados" (o renegados) habían diseñado para representar a la región andaluza sin el consentimiento de los andaluces. El propio artículo, redactado por los falsos andalucistas, reconocía el desconocimiento del pueblo sobre el origen de aquella bandera que, para más inri, se decía que habían creado los moros para conmemorar una derrota de los cristianos:

Como no creo que sea de todos conocido el origen de ella y el uso que en el transcurso de los siglos de la misma se ha hecho, estimo oportunidad la presente que obliga a exponer sobre el particular algo que para muchos ha de ser interesante: [...] 
La noche antes de la gran batalla, Jacub Almansur vio en sueños un ángel "vestido de blanco" que llevaba una "bandera verde", el que le prometió un gran triunfo. No engañó el sueño al jalifa; la derrota de los enemigos fue completa. [...] Con este motivo ofreció el jalifa construir el más alto alminar del mundo. [...] Así fue; el año 1198 era inaugurada la Aljama de Sevilla, en cuyo alminar, llamado hoy la Giralda, ondeaba la "bandera verde y blanca", en la que, con la unión de colores "verdes", del Islam, y "blanco", del jalifa, se simbolizaba la unión de las provincias del Andaluz (sic) de uno y otro lado del Estrecho. [...]

En su delirante exposición, el firmante, José Martín, añadía:

Ciudadanos de Andalucía, esa alegre y vistosa bandera de tan antiguo brillante origen [...] la hemos tenido los andalucistas durante veinte años por solo nuestra. [...] Hoy ya no es sólo nuestra; ya es de todos los andaluces.
Al tiempo que cometían tamaño crimen contra nuestra sangre y nuestra historia, para no asustar demasiado, se habían inventado el lema de "Andalucía por sí, para España y la Humanidad" porque el que quizá les habría gustado más de "Andalucía por sí, para Marruecos y el Islam" habría escandalizado y provocado demasiado rechazo a la causa "andalucista".

Tras la victoria nacional en 1939 la bandera mahometana desapareció de la vida pública andaluza y poca gente se acordaba de ella. Tampoco hay constancia de que fuera empleada por la oposición antifranquista, salvo escasamente a finales de 1975. Al existir el precedente de la II República, durante la Transición y el "proceso autonómico" sólo hubo que "rescatarla" y "desempolvarla". El Estatuto de 1981, cuyo referéndum no votó la mitad de los andaluces, aprobaba un nuevo centralismo, esta vez desde Sevilla, y la bandera mahometana de Blas Infante como bandera oficial de Andalucía. El mal ya estaba hecho.
Sujetos tapados con una bandera verdiblanca con estrella roja de significación comunista 
y separatista protestando groseramente contra la secular fiesta de la Toma de Granada del 
dos de enero, muy apreciada por los granadinos. El extraño comportamiento de estos 
individuos desarraigados no sólo obedece a la decadente cultura de las tribus urbanas 
sino que para entenderlo es preciso remontarse a un peculiar movimiento autonomista 
burgués mal llamado andalucista nacido a principios del siglo XX.

Notas:

[1] LIBRO Y BARAJA (1748)
[2] Diario de Madrid (12/05/1792)
[2] Lafuente Alcántara, Miguel: Historia de Granada, comprendiendo la de sus cuatro provincias, 1852; passim.
[3] Fernández Espinosa, Manuel: Movimiento Raigambre. El andalucismo, ¿quinta columna del Islam?
[4] Diario de Córdoba (31/01/1933)
[5] El Defensor de Córdoba (04/11/1932)
[6] La Voz (25/12/1932)

viernes, 24 de noviembre de 2017

Conferencia de Javier Barraycoa en Córdoba (recomendable a pesar del cartel)

Animamos a nuestros lectores a acudir el próximo lunes, 27 de noviembre, a la conferencia del sociólogo tradicionalista y profesor de la Universidad Abat Oliva - CEU de Barcelona D. Javier Barraycoa Martínez, que versará sobre «La unidad de España como bien social y moral».

La conferencia tendrá lugar a las 19:30 h en:

Salón de actos de la Caja Rural (Avda. Ronda de los Tejares, 36)

Cartel preparado para la ocasión por los organizadores
A pesar del gran interés de esta convocatoria, lamentamos que la Asociación Presencia Cristiana, que ha organizado este acto en el marco de las XIII Jornadas de Otoño de Córdoba, haya elegido un cartel, por un lado tan feo estéticamente y, creemos por otro, tan contrario a lo que defiende el profesor Barraycoa.

No debemos pasar por alto que la bandera de la Unión Europea representa la pérdida de independencia nacional entregada a un ente supranacional y un laicismo rampante, que no se disimula colocándole una cruz en el centro. Más allá de su pretendida inspiración mariana de sueños demócrata cristianos, que en sí no significa nada, cuando ni tan siquiera se incluyó una referencia simbólica a los "orígenes cristianos de Europa" en el preámbulo de la Constitución Europea, esa bandera es signo de la "europeización" que en España siempre ha representado secularización y en la actualidad pensamiento débil y líquido del progresismo multiculturalista basado en la coexistencia laica de pareceres. 

La oposición tradicionalista a la Unión Europea tiene sus razones en la perversa implantación de las estructuras europeístas y los fines que las sustentan: el avance de las organizaciones supranacionales con la voladura de las patrias y de los Estados, que a pesar de su génesis antitradicional custodian mejor la politicidad humana que los entes mundialistas. Imposición de la laicidad y el laicismo (que no son sino dos versiones de una misma ideología)  que están inscritos igualmente en el corazón de la "construcción europea". El déficit de la participación que supone la tecnocracia de las instituciones europeas, haciendo que el poder, su ejercicio y su control sea cada vez más oculto. La violación del principio de subsidiariedad que aparece en una versión desnaturalizada y administrativizada, el falso federalismo funcional que en realidad esconde un centralismo en manos de la Comisión europea, y la censura sistemática que desde diversas instituciones de la Unión se hace contra cualquier iniciativa de influencia católica. La UE  se configura así, como un gran mercado a las órdenes de la finanza internacional, que desconoce las tradiciones y las culturas, imponiendo el liberalismo y el capitalismo.

Y todo ello lo representa políticamente esa bandera, incluida en el cartel que comentamos, más allá de sentimentalismos, buenas intenciones o alucinaciones demócrata cristianas.

Por su parte, la bandera «constitucional» y las artificiales banderas de las Comunidades Autónomas, empezando por la Ikurriña, bandera racista del PNV sabiniano, representan algo que nada tiene que ver con nuestra configuración foral tradicional, sino con un Estado —el autonómico— que entre otras cosas recoge el "principio de las nacionalidades" en la Constitución de 1978, con el que se pretende desintegrar España. Y lo que hace es reproducir multiplicado el centralismo jacobino en múltiples autonomías, verdaderos microestados.

Y es que el doble principio que está disolviendo la patria española es precisamente el del europeísmo (por arriba), con la cesión de cotas de independencia a un ente supranacional; y el de las autonomías (por abajo), con la desmembración de España en pequeños estados autónomos. En palabras de S.A.R. Sixto Enrique de Borbón, en su manifiesto de 2001:

 “La nueva «organización política» ―que en puridad se acerca más a la ausencia de orden político, esto es, al desgobierno― combina letalmente capitalismo liberal, estatismo socialista e indiferentismo moral en un proceso que resume el signo de lo que se ha dado en llamar «globalización» y que viene acompañado de la disolución de las patrias, en particular de la española, atenazada por los dos brazos del pseudo-regionalismo y el europeísmo, en una dialéctica falsa, pues lo propio de la hispanidad fue siempre el «fuero», expresión de autonomía e instrumento de integración al tiempo, encarnación de la libertad cristiana, a través del vehículo de la denominada por ello con toda justicia monarquía federativa y misionera”.

El cartel refleja, por tanto, la tesis de los partidarios de la Constitución del 78 y los partidos del régimen; tesis antitética a la del tradicionalismo que defiende el profesor Barraycoa, que cuando habla de la unión nacional, no alude al llamado «patriotismo constitucional», ni al Estado de las autonomías, sino que pone en relieve la necesidad de restaurar la España tradicional.

En definitiva la unidad de España que pretende reflejar el cartel de la convocatoria NO es un bien moral y social. Esperamos que el próximo lunes el profesor Barraycoa logre convencer a más de uno entre el auditorio de la necesidad de abrazar el verdadero patriotismo, que no está medido por ninguna constitución artificiosa y anticristiana.

lunes, 13 de noviembre de 2017

Presentación en Córdoba del libro «Una resistencia olvidada. Tradicionalistas mártires del terrorismo»

El pasado jueves día 9 de noviembre en una de las salas principales del Real Círculo de la Amistad tuvo lugar la presentación de la obra «Una resistencia olvidada. Tradicionalistas mártires del terrorismo», organizado por el Círculo Joven y por el recientemente reorganizado Círculo carlista del Reino de Córdoba una distinguida concurrencia, marcadamente juvenil, llenaba la sala.

El acto comenzó con una oración por los Mártires de la Tradición y resto de víctimas del terrorismo dirigida por el Padre José Ramón García Gallardo, consiliario nacional de las Juventudes Tradicionalistas, el cual tiene vínculos familiares en Córdoba, así como con la margarita sevillana Genera García O'Neill, fallecida en el atentado contra el Hotel Corona de Aragón. Juan Manuel Fernández, del Círculo Joven, presentó al autor del libro. Con el apoyo de una presentación de diapositivas el autor desgranó parte del contenido de la obra y sus tesis fundamentales: cómo carlismo y nacionalismo han estado radicalmente enfrentados; cómo la mayoría de los civiles asesinados por los etarras fueron tradicionalistas; cómo sólo se puede explicar el dominio nacionalista en Vizcaya y Guipúzcoa por el gran éxodo de vascongados por culpa de la amenaza terrorista, y cómo entre los primeros trasterrados estaban destacadas familias carlistas.

Tras la exposición se abrió un animado turno de preguntas, continuada después en animada tertulia en uno de los patios del Círculo de la Amistad.





El libro puede solicitarse desde cualquier lugar a: info@edicionesauzolan.net o en el facebook de Ediciones Auzolan, PULSAR AQUÍ

domingo, 12 de noviembre de 2017

José María de Alvear y Abaurrea

José María de Alvear y Abaurrea (1900-1936)
José María de Alvear y Abaurrea fue un político y aristócrata español, nacido en Sevilla el 1 de marzo de 1900 y muerto en acción de guerra, en Navalperal de Pinares, el 31 de julio de 1936.

Era hijo de los condes de la Cortina y caballero profeso de la Orden de Santiago. Cursó los primeros estudios en Chamartín de la Rosa con los PP. Jesuitas, desde donde pasó a Inglaterra, al colegio que los mismos tenían en Mount St. Mary's, en Chesterfield. Estudió luego varios cursos en el Instituto Católico de Artes e Industrias, de Madrid, con objeto de completar sus conocimientos y poder ayudar a su padre en el negocio de vinos que poseía en Montilla (Córdoba).

Desde que tuvo edad para actuar en política, se adhirió a la Comunión Tradicionalista, desempeñando al poco tiempo el cargo de jefe provincial de Córdoba, realizando en toda la provincia una intensa campaña de propaganda al implantarse la República en 1931, campaña que culminó en el magnífico mitin que, en abril de 1932, tuvo lugar en la plaza de toros de Córdoba y del cual fue el principal organizador. Los tradicionalistas de la Andalucía occidental celebraban a la sazón la Semana Tradicionalista, con motivo de la cual se dieron mítines en las cuatro capitales de dicha región y en numerosos pueblos importantes, tomando parte los principales oradores de la Comunión, y debiendo terminar con un mitin en la plaza de toros de Sevilla. Ante el éxito obtenido en esa campaña, el Gobierno de la República prohibió el acto de Sevilla, por lo que los organizadores, en un gesto de audacia, decidieron trasladarlo a la plaza de toros de Córdoba. En la madrugada del día fijado fue comunicada la suspensión del mitin; pero como ya se encontraban en camino trenes especiales y caravanas de autobuses de toda Andalucía, a la llegada del tren especial de Sevilla se organizó en la estación de Córdoba una imponente manifestación, presidida por el jefe regional Fal Conde, Alvear y los oradores conde de Rodezno, Lamamié de Clairac y Esteban Bilbao. La manifestación aumentó notablemente al llegar al paseo del Gran Capitán, donde empezaron a ondear banderas bicolor entre vítores y aclamaciones delirantes. De la mayor parte de las casas recibían muestras de entusiasmo, apareciendo colgaduras en los balcones, siendo éste el primer acto en que, desde el advenimiento de la República, se enarbolaron banderas rojo y gualda. Durante el discurso de Esteban Bilbao entró la fuerza pública, invitando a disolver el acto y deteniendo a los oradores, a Fal Conde y a Alvear, pese a que algunos de los primeros eran diputados.

José María de Alvear, hombre recto y austero y trabajador infatigable, ocupó el antes citado cargo político, de tanta responsabilidad, sin perjuicio de la enorme ayuda que prestaba a su padre en las labores agrícolas y en sus bodegas, donde, por su bondad y constante ejemplo, era querido como un padre por los obreros todos.

A pesar de la preponderancia de los socialistas en Montilla, fundó allí un Círculo Tradicionalista, que llegó a reunir más de cuatrocientos socios, y, por falta material de sitio, viose precisado a no admitir nuevas solicitudes.

Encarcelado con motivo de los sucesos del 10 de agosto de 1932, fue llevado en conducción ordinaria y esposado desde Sevilla a Córdoba.

Al llegar las elecciones de febrero de 1936, y haciéndose insoportable la vida en el pueblo, llevó a su familia a Sevilla, pasándola en abril a Portugal y continuando él en España para seguir luchando por sus ideales.

En diversas ocasiones, el jefe de los tradicionalistas, Fal Conde, con quien le unía estrecha amistad, le encargó delicados asuntos, cuyo cumplimiento llevó a cabo con el mayor celo y prontitud. Tomó parte muy activa en la preparación de los requetés de Andalucía y, por encargo de sus jefes, en la organización de ciertas importaciones portuguesas en la frontera de Huelva, por lo que en los comienzos del verano de 1936 marchó a Portugal, donde le sorprendió el Movimiento. Al estallar éste pretendió, con otros compañeros, entrar en España, sin poder lograrlo por no haber sido tomado todavía el inmediato pueblo de Ayamonte; y habiendo fracasado su intento de cruzar la frontera por mar en una gasolinera que estuvo a punto de zozobrar, salieron hacia Fuentes de Oñoro, logrando entrar por Salamanca el 23 de julio.

Alvear se alistó en el acto como voluntario, en su calidad de alférez de complemento de Caballería, no obstante su edad y los ocho hijos pequeños que había dejado en su casa. Trabajó febrilmente en la organización de la columna del comandante Doval, del que fue designado ayudante, columna que se preparaba a salir con dirección a Madrid.

A pesar de que, por su cargo de jefe provincial de Córdoba, pudo quedarse en Burgos, en la Comisaría General del Tradicionalismo, no quiso permanecer en la retaguardia, saliendo a enfrentarse con los enemigos de sus ideales. En varias ocasiones había afirmado:

«En esta persecución marxista, no me gustaría morir víctima del odio de clases; pero si en el campo de batalla caigo luchando contra los enemigos de Dios y de mi Patria, bendita sea la herida que contribuye a la salvación de España.»

Y cuando, para que obrase con prudencia, le recordaban que tenía ocho hijos, solía decir:

«Prefiero hijos sin padre a hijos sin Patria. Si muero defendiendo la causa de Dios, ya Él se cuidará de ellos.»

El 31 de julio, al ser intentada la toma de Navalperal de Pinares, ante un enemigo fuertemente atrincherado y muy superior en número y armamento, Alvear —que se distinguió por su valor y elevado espíritu— fue herido en una pierna, negándose a ser evacuado. Engrosado el enemigo por poderosas fuerzas salidas de Madrid, se hizo conveniente la retirada. En medio de un vivísimo tiroteo, el comandante pidió un voluntario para trasmitir una orden, atravesando la zona más batida. José María Alvear, a pesar de hallarse herido, se levantó de un salto, siendo alcanzado por una bala en la frente y quedando el cadáver en poder del enemigo. Exhumado más tarde, fue trasladado al panteón familiar de Montilla.

Pérez de Olaguer, Antonio: Enciclopedia universal ilustrada europeo-americana (Suplemento 1936 - 1939. 1.ª parte). Espasa-Calpe. pp. 341-342.

viernes, 10 de noviembre de 2017

La toma de Córdoba en la primera guerra carlista

Corría el año de 1835. España estaba sumida en la guerra civil más cruenta de su historia, conocida como la guerra de los Siete años o Primera guerra carlista. El 22 de septiembre una expedición carlista al mando del General Gómez había atravesado la Mancha y entrado en la provincia de Jaén, pasando por Venta Nueva de Montizón y pernoctando dicho día en Chiclana de Segura.

Chiclana de Segura (Jaén)
En esta última población, presidida por el General Gómez, hubo una junta de Jefes, a la que asistieron el General Cabrera y los Brigadieres Marqués de Bóveda de Lima, Quílez, Arroyo, Villalobos y Miralles, para tratar de si se regresaba, marchando a Murcia, o se continuaba, adentrándose en Andalucía. El acuerdo unánime fue tratar de organizar la guerra en la región andaluza.

Prosiguió la marcha el día siguiente, cruzando el río Guadalimar para dormir en Villanueva del Arzobispo. El 24 continuaron por Villacarrillo y Torreperogil y pasaron a Úbeda, donde se reposó. Marcha corta fue la del 25 a Baeza, donde pudo pasarse el resto del día 26, desarmando a los guardias nacionales, como venían haciendo en todos los pueblos por que pasaban. Desde Baeza se dirigió Gómez a Alaix, sobre la cuestión de los prisioneros, sin que el General cristino contestara. El 26 fueron a Begíjar, y el 27, después de cruzar de nuevo el río Guadalimar por Bailén, fueron a Andújar.

Próximos a esta población, supieron que una fuerza de caballería cristina ocupaba el puente sobre el Guadalquivir, por lo que se destacó un escuadrón de caballería, a las órdenes del Brigadier Villalobos, el cual dispersó la fuerza contraria, matando a siete enemigos y haciendo un prisionero; los demás fueron a Córdoba a dar la noticia de que la División del General Gómez se aproximaba.

Descansó la expedición en Andújar todo el día 28, y el 29 emprendió la marcha de nuevo, agregándose a la salida de la población el Brigadier García de la Para, quien con treinta jinetes a sus órdenes había ido a Andalucía desde la Mancha; al saber que estaba el cuerpo expedicionario en Andújar, se presentó al General Gómez.

Por Villa del Río se penetró en la provincia de Córdoba, pasando por Pedro Abad y pernoctando en El Carpio. El 30 los carlistas franquearon el río Guadalquivir por el puente de Alcolea y se aproximaron a la ciudad de Córdoba.


El general carlista D. Miguel Gómez Damas
(Torredonjimeno, 1785 - Burdeos, 1864)
Toma de Córdoba

Anticipándose a las demás fuerzas, se habían adelantado el General Cabrera y el Brigadier Villalobos con sus ayudantes y escolta de caballería, por lo que llegaron una hora antes que la División. Las puertas de la ciudad estaban cerradas y atrancadas; pero habiendo observado que el portillo de Baena estaba desguarnecido, apeose el ayudante Domingo y Arnáu, quien con un hacha empezó a forzarlo; mas unos vecinos carlistas acudieron, quitando el impedimento que obstruía la entrada.

Una sección de nacionales de Iznájar, que acudían a guarnecer el puesto, sorprendida por la caballería que irrumpía, desbandose, perseguida por los jinetes carlistas, buscando refugio en los fuertes del Palacio Episcopal, Seminario de San Pelagio, Caballerizas e Inquisición. El Brigadier Villalobos, que se había lanzado a galope por la Carrera del Puente, sufrió una descarga de cuatro nacionales, apostados en la posada de la Espada, cayendo mortalmente herido de un balazo en la frente. Conducido expirante al Hospital de la Caridad, murió en seguida, y en el cementerio del mismo fue enterrado.

Mientras los caballos de los ayudantes y los lanceros carlistas recorrían la población, hacia las tres de la tarde llegó la División expedicionaria, que circunvaló con los batallones aragoneses y valencianos los fuertes donde se habían acogido los nacionales para proseguir la defensa, quedando encargado de la toma de estas posiciones que mantenían los cristinos el Coronel Lloréns.

Como al anunciarse el avance de los carlistas sobre Córdoba se había reunido la Diputación Provincial constituida en Junta de armamento, en esta reunión se había creído conveniente que el anciano Brigadier don Teodoro Cálvez Cañero, a quien por su edad avanzada no se consideraba con suficiente autoridad para dirigir la defensa, cediera el mando de la Comandancia general de la provincia al Teniente Coronel don Bernardino Martí. Este se encerró en los fuertes, y a la primera intimación a que se rindiera, y como Martí era propicio al cese de las hostilidades, fue nombrado en su lugar el Coronel don Francisco Antonio del Villar. El fuego no cesó en toda la tarde del 30, y la noche se pasó en estas negociaciones.

La torre de la Inquisición desde los Jardines de la Alcazaba
En la madrugada del 1 se reemprendió el fuego. El primero en rendirse de los reductos interiores fue el de Caballerizas, al que siguió la capitulación del Palacio Episcopal, donde había unos 2.200 nacionales y paisanos armados. Estos depusieron las armas después de un violento asalto de los batallones valencianos y aragoneses; quedaron en poder de los carlistas tres piezas de artillería. Por último, capituló el fuerte de la Inquisición, quedando casi dominada la resistencia de Córdoba.

La noticia de la entrada del General Gómez en Córdoba cundió rápidamente por la provincia, y en la casi totalidad de la misma se levantaron los pueblos en favor de Carlos V. Fue tanta la importancia de este alzamiento de los pueblos cordobeses, que el General Gómez tuvo que dictar una disposición por la que se daban reglas e instrucciones para la constitución de los ayuntamientos. Aunque por lo general los historiadores han conocido voluntaria o involuntariamente esta demostración de carlismo en la provincia de Córdoba, tenemos el testimonio carlista, comprobado por el testimonio oficial liberal.

José M. Delgado, en su «Relato oficial de la meritísima expedición carlista dirigida por el general andaluz don Miguel Gómez» (1943), afirma:

«Casi todas las ciudades y pueblos de esta provincia, o al menos los más principales, se pronunciaron abiertamente por la causa del Rey antes de recibir la circular, y algunos antes de saber la rendición de los fuertes. No es posible ver mayor entusiasmo y decisión por nosotros que la que vimos en Córdoba, su provincia y casi toda Andalucía».

En una comunicación del Capitán general cristino de Andalucía se dice, después de la marcha de Gómez, lo siguiente, que corrobora lo firmado por Delgado:

«En esta capital y provincia hago que se restituyan las autoridades y que se restablezca en todas partes el sistema constitucional, para lo cual he dispuesto que los batallones al mando del Jefe de toda mi confianza recorran los pueblos y procedan a la prisión de los que hayan contribuido a destruirlo, contra los cuales en varios puntos tengo ya formadas causas que he remitido a la Comisión militar».

La población de Córdoba festejó la presencia de la División carlista con grandes iluminaciones y fuegos de artificio. Del fervor carlista de los cordobeses se hace eco un viajero inglés que visitó la ciudad poco tiempo después de la ocupación por Gómez, y su testimonio de adversario tiene su valor.

La Catedral de Córdoba
En la Catedral se cantó un solemne Te Deum. Habiéndose presentado al Jefe carlista el músico mayor con los que formaban la banda de la Guardia Nacional de Córdoba para alistarse en las filas carlistas, fue destinada toda la banda al batallón de Granaderos del cuerpo expedicionario, y durante la estancia en Córdoba, ya con los uniformes carlistas, dio conciertos en las plazas de la ciudad. No fueron sólo los músicos los que se presentaron, sino un tan gran número de voluntarios, que Gómez dispuso formaran los batallones primero y segundo de Córdoba, no faltando el armamento por el importante botín conseguido en la toma de la ciudad.

Eran también numerosos los Oficiales que se presentaban de ambas armas, y como no había suficiente empleo, se creó un escuadrón de la Legitimidad, en el que muchos que habían pertenecido a la Guardia de Corps de Fernando VII tomaron plaza. Este escuadrón llegó a tener en Córdoba 65 jinetes, todos Oficiales que habían sido del Ejército y que no hallaban vacantes en los cuerpos expedicionarios, ni tampoco en los que se crearon en Córdoba. Porque, además de los batallones de Infantería de que hemos hablado, se formó el 5.º Escuadrón provisional, compuesto casi todo de yeguas procedentes de la yeguada que tenía en Córdoba el ex Infante Don Francisco de Paula. Quedó como Jefe de este escuadrón don Carlos Tasier.

Otras disposiciones se adoptaron por Gómez. Tales fueron la creación de una Junta suprema, que presidía el Deán de la Catédral cordobesa y la formaban como Vocales y como Secretario personas de relieve en Córdoba. Fue nombrado Comandante general del ejército Real en la provincia el Coronel Barón de Fuente Quinto. *

Se extendieron los nombramientos de Jefe Comandante a los guerrilleros Jurado y Méndez y se extendieron autorizaciones para levantar nuevas partidas. Por la muerte en la entrada de Córdoba del Brigadier Villalobos, fue preciso nombrar para sustituirle en el mando de la caballería de la fuerza expedicionaria al Brigadier don Manuel Armijo.

Moneda de 8 maravedíes acuñada en Segovia
con la efigie de Don Carlos María Isidro
(Carlos V de España).
La noticia de que en los fuertes de la Inquisición y del Palacio Episcopal se habían hallado grandes cantidades de mercancías de los comerciantes cordobeses, fondos procedentes de la administración del Estado, no pocos de particulares y todas las alhajas de oro, plata y pedrería de los conventos suprimidos, fue comunicada al General Gómez, quien dispuso se creara una Junta, compuesta de miembros del Cabildo de la Catedral de Córdoba y otros eclesiásticos y de la División expedicionaria, para que tomara a su cargo la custodia de dichos bienes y la devolución a los particulares de sus propios objetos y mercancías.

Efectos de la toma de Córdoba 

Ya hemos hablado del alzamiento general de la provincia de Córdoba en favor de Carlos V. Pronunciáronse la mayor parte y particularmente las poblaciones más importantes, como Baena, Cabra, Lucena y Montilla. Una de las pocas poblaciones que se mantuvieron por los liberales fue Benamejí, que rechazó a una partida carlista que se aproximaba al poblado.

Pero no fue sólo en la provincia de Córdoba donde tal efecto causó la llegada de la División expedicionaria procedente de Aragón y el Norte. En la provincia de Sevilla, el 4 de octubre, al amanecer, la ciudad de Osuna se pronunció por Carlos V, dominando los carlistas la población; mas al día siguiente, o sea el 5, una fuerza cristina, procedente del Campo de Gibraltar, que se dirigía a Carmona, fue destacada para entrar en Osuna a las órdenes del Capitán don Francisco Luna, y éste, cumplimentando la orden, marchó sobre Osuna, dominando el movimiento legitimista.

De las provincias de Cádiz y de Huelva salen columnas y más columnas de Guardias Nacionales, ya que se han movilizado todos los de Andalucía, para la provincia de Sevilla. Lo mismo hacen los Guardias de la provincia de Málaga. Sevilla se aprestó a la defensa, destacando una fuerte columna en Carmona, donde permanece impasible mientras Gómez toma Córdoba y opera por la provincia.

Los guardias nacionales de las provincias de Almería y Málaga se unen a los de Granada, colocándose en los límites de la provincia cordobesa. Pero el terror cunde cuando se sabe la victoria carlista de Córdoba. En Jaén se concentran en la ciudad las fuerzas que operaban por toda la provincia y se emplazan en el cerro de Santa Catalina, junto al viejo y derruido castillo, 14 piezas de artillería. Sevilla toma tantas precauciones, que viene a quedar organizada para la defensa, como si el enemigo estuviera a ta vista. El distrito primero (Magdalena, San Vicente y San Lorenzo) queda bajo las órdenes del General don Carlos González de la Bárcena; el segundo (Sagrario, Salvador y San Isidro), a las del Brigadier don Sebastián de la Calzada; el tercero (San Nicolás, Santa Cruz y Santa María la Blanca), a las del Coronel don Gonzalo Cueto; el cuarto (San Ildefonso, Santiago, Santa Catalina, San Román y San Pedro), a las del Coronel don Juan María Maestre; el quinto (San Juan de la Patina, San Miguel, San Andrés, San Marcos y Omnium Sanctorum), a las del Coronel Ulloa; el sexto (San Marcos, Santa Marina, Santa Lucía, San Julián y San Gil), a las del Coronel don Joaquín de Tormo; el séptimo (San Esteban y San Roque), a las del Coronel don Pedro de Rojas; el octavo (Santa Ana), es decir, Triana, a las del Teniente Coronel don Mateo Primo de Rivera, y el noveno (San Bernardo), a las del Teniente Coronel don Juan Vances Poo.

Parecerá que la ciudad iba a ser defendida en su totalidad, ya que particularmente se hacían obras de defensa por la parte de la Puerta de Carmona. Pues bien: no debían de tener mucha seguridad en esta defensa cuando se acordó que como reducto se fortificaran particularmente la Fundición de Artillería y la Fábrica de Tabacos, organizándose en ésta muy particularmente la de los puentes de entrada en San Telmo y San Diego. Al mismo tiempo se dictaban disposiciones tales como establecer el toque de queda en la ciudad y la prohibición de que nadie saliera de sus casas ni tuviera luces encendidas después de dicho toque. Circulaban patrullas toda la noche por los barrios, pero muy particularmente en los populares, donde el fermento carlista era muy poderoso. Todo este aparato de guerra fue inútil y cabe preguntar: Si se hubiera presentado la División ante los muros de Sevilla, ¿qué hubiera ocurrido? Pero la Historia no relata más que lo que sucedió, y en este caso podemos decir que, como en el soneto famoso, no hubo nada.

Hasta Málaga temió en aquel momento, y hubo necesidad de que una fragata inglesa, Juno, mandada por lord Ilchester, fondeara en el puerto para animar a los liberales. También Cádiz recibió el refuerzo del navío inglés Eudimion.

Se ha de señalar el caso de Granada, donde el Capitán General ordenó el depósito de víveres y municiones en la Alhambra, con el propósito de fijar en la fortaleza palacio de los Reyes moros la resistencia de la guarnición y nacionales. Afortunadamente, Gómez no marchó sobre Granada y no tuvo efecto alguno la barbaridad de convertir el artístico palacio en fortaleza que tuviera que ser tomada a la fuerza.

El General Gómez, después del éxito conseguido en la provincia de Córdoba, decidió pasar a la de Sevilla, pues las noticias que recibía le anunciaban que su entrada en la provincia provocaría un alzamiento general de la misma, ya que los trabajos de conspiración venían realizándose desde largo tiempo. Decidió entonces salir con las Divisiones de Castilla y Aragón, dejando en Córdoba la División valenciana, así como el 7.º de Castilla, que, de reciente formación, se encargó de la custodia de los prisioneros. También quedaron los batallones cordobeses que debían formar el núcleo de una nueva División andaluza. Todo ello bajo el mando del Brigadier Marqués de Bóveda de Limia.



* Francisco Valdelomar, Barón de Fuente Quinto. Nació en Castro del Río (Córdoba). Sirvió con distinción en la guerra de la Independencia. Coronel en tiempo de Femando VII, era respetado y querido en Córdoba, tanto por los liberales como por los realistas, aunque era bien conocido por sus ideas políticas y religiosas opuestas al régimen constitucional. Falleció en Córdoba en 1843.