domingo, 27 de octubre de 2019

Celebración de la Fiesta de Cristo Rey en Córdoba

Tal como se había convocado, para celebrar la magna solemnidad de Cristo Rey un grupo de tradicionalistas del sur de España acudimos hoy a la pedanía de El Vacar (Espiel), donde el administrador parroquial del lugar y capellán del cercano monasterio del Oasis de Jesús Sacerdote de Villaviciosa de Córdoba, Rvdo. P. Juan Evangelista Vila Gallardo, ofició el Santo Sacrificio de la Misa, según el rito romano tradicional codificado por San Pío V, de feliz memoria, a quien precisamente está consagrada la bella iglesia de El Vacar.

Instantánea tomada durante la consagración, ante las banderas de España y del Requeté.
Junto al altar se halla un hermoso retablo con la imagen de María Santísima en el centro y bellas vidrieras
a los lados que representan el Sagrado Corazón de Jesús, a la izquierda, y San Pío V, a la derecha.

En su impecable homilía, el P. Vila afirmó con contundencia lo que debería ser evidente para cualquier cristiano, la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo (también durante su vida terrena) y la imposibilidad de adorar a Dios y a cualquier ídolo pagano al mismo tiempo, recordándonos también la perversidad intrínseca de ideologías como la comunista que pretenden crear un paraíso en la Tierra de espaldas a Dios.

Tras oír misa con fervor, fuimos a comulgar y ofrecimos el pan celestial recibido por la Santa Iglesia Católica, por el reinado social de Cristo en España y por las necesidades personales de cada uno.

Entonando el Oriamendi a la salida de la misa.
Acabada la Santa Misa y tras los cánticos y vítores de rigor, fuimos a un restaurante cercano junto a los dos venerables religiosos que tuvieron la bondad de acompañarnos, siguiendo la sana costumbre carlista de rodearnos de frailes, que siempre fueron blanco predilecto de las iras del liberalismo y el marxismo. Tras comernos unos suculentos churrascos algunos, pescado los otros, acompañado todo ello de buen vino, el coordinador de la Comunión Tradicionalista para la zona sur-oeste, D. Rodrigo Bueno, se dirigió a los reverendos frailes, al anfitrión, D. Jesús Sosa, Jefe de la Comunión Tradicionalista en Córdoba, y al resto de los presentes, pronunciando el siguiente discurso:

Amigos, el día de hoy es un día para reforzar nuestras convicciones tradicionalistas; para recordar que seamos muchos o pocos, lo que cuenta es que estamos del lado de Dios, pues la Iglesia nos ha enseñado que es imposible ser demo-liberal y católico al mismo tiempo, siendo el liberalismo, la democracia liberal, el parlamentarismo o como queramos llamarlo, el régimen que aspira a que la mayoría decida sobre todas las cosas, pretendiendo así ilusamente silenciar a Dios, «jubilar a Dios», como decía el gran Jesús Evaristo Casariego. Pero nuestro Padre celestial es quien nos ha creado, quien nos ha dado la vida y todo lo que tenemos; y por eso toda la sociedad le debe obediencia, ¡porque somos suyos!
Recordemos que al instituir esta fiesta de Cristo Rey, S.S. Pío XI nos dijo lo siguiente:  
«La celebración de esta fiesta, que se renovará cada año, enseñará también a las naciones que el deber de adorar públicamente y obedecer a Jesucristo no sólo obliga a los particulares, sino también a los magistrados y gobernantes.  
A éstos les traerá a la memoria el pensamiento del juicio final, cuando Cristo, no tanto por haber sido arrojado de la gobernación del Estado cuanto también aun por sólo haber sido ignorado o menospreciado, vengará terriblemente todas estas injurias; pues su regia dignidad exige que la sociedad entera se ajuste a los mandamientos divinos y a los principios cristianos, ora al establecer las leyes, ora al administrar justicia, ora finalmente al formar las almas de los jóvenes en la sana doctrina y en la rectitud de costumbres. Es, además, maravillosa la fuerza y la virtud que de la meditación de estas cosas podrán sacar los fieles para modelar su espíritu según las verdaderas normas de la vida cristiana».  
Estas palabras del Santo Padre lamentablemente han sido olvidadas en nuestra Patria. Si el espíritu de Cristo reinara en las conciencias, en las leyes de la nación, en las instituciones públicas y en los hogares, la paz, la fraternidad, la caridad y el amor no hubieran sido arrollados por la guerra de sexos, por la guerra contra la naturaleza, por el odio, por el encono contra la fe y contra la unidad de España, por la ira insatisfecha con la muerte, con cientos de miles de abortos, y que busca satisfacerse hasta con la profanación de los muertos, como hemos visto estos días en el Valle de los Caídos con las cenizas del General Franco, a lo que seguirá, si Dios no lo remedia y nadie lo impide, la demolición de la Santa Cruz más grande del mundo, para regocijo de la masonería internacional, que, quien nos lo iba a decir, parece tener hoy en la misma Roma, en la ciudad eterna, a uno de sus mejores aliados. 
Pero Dios pondrá a cada uno en su lugar y no podemos excusarnos continuamente en las faltas de los demás, sean estos quienes sean, para no cumplir nuestra obligación. 
Recordemos el ejemplo de nuestros antepasados, que alentados por la fe que nos trajo por primera vez Santiago y los siete varones apostólicos que le acompañaban, entablaron en la cueva de Covadonga una lucha de ocho siglos contra el formidable poder de la Media Luna, desoyendo al traidor obispo Oppas, y salieron finalmente victoriosos. 
Esa misma fe fue la que impulsó y desarrolló la verdadera civilización y condujo a nuestros marinos al descubrimiento de nuevos mundos, y que en tiempos más recientes, como decía Balmes, selló el cúmulo de tantas hazañas y grandezas derrotando al llamado capitán del siglo, Napoleón, y también, añado yo, al capitán del siglo siguiente, el genocida Stalin, que pudo con media Europa pero no con España. 
Hoy es un día para recordar también estas proféticas palabras de Donoso Cortés, escritas hace casi 170 años y que se están cumpliendo al pie de la letra:  
«El liberalismo y el parlamentarismo producen en todas partes los mismos efectos: ese sistema ha venido al mundo para castigo del mundo: él acabará con todo, con el patriotismo, con la inteligencia, con la moralidad, con la honra. Es el mal, el mal puro, el mal esencial y substancial. Eso es el parlamentarismo y el liberalismo. Una de dos: o hay quien dé al traste con ese sistema, o ese sistema dará al traste con la nación española». 
Hay quien piensa, incluso en nuestras filas, que no hay más remedio que conciliar la Tradición con el liberalismo, porque esto último es lo que “ha triunfado” en la sociedad. Craso error. El liberalismo hay que erradicarlo de raíz, y valga la redundancia. Me diréis: «¡pero es que para ello hace falta un milagro!» Ciertamente. Y como católicos creemos en los milagros. Y para que se produzcan en primer lugar Dios nos pide fe, como le pidió fe al ciego al que le dijo “tu fe te ha curado”. Pero recordad que Dios no obra el milagro si no ponemos de nuestra parte, pues cuando Nuestro Señor quiso que hubiera vino donde no lo había, dijo a los sirvientes que llenaran las hidrias de agua ad súmmum, hasta arriba, para lo cual tendrían que hacer primero un largo recorrido hasta el pozo, pues en aquella época bien sabemos que no había agua corriente. Y en ese recorrido debemos estar nosotros también. Y debemos llenar las hidrias no hasta la mitad, sino hasta arriba, lo que quiere decir que tenemos que darlo todo por la Causa.
Pero además tenemos la Gran Promesa del Sagrado Corazón de Jesús al P. Hoyos: Reinaré en España, y con más veneración que en otras muchas partes
Restauremos pues el Reinado social de Cristo. Creamos que es posible. Tengamos fe. Somos soldados de Cristo, no lo olvidemos. Mantengamos vivo el espíritu del 2 de Mayo y del 18 de Julio. Vencimos y venceremos.  
¡VIVA CRISTO REY!

Después de un sonoro aplauso, tomó la palabra D. Jesús Sosa, que leyó el manifiesto de S.A.R. Don Sixto Enrique de 17 de julio de 2001, perfectamente actual, que fue recibido con atronadores vivas al Abanderado de la Tradición.

Finalmente, acudimos al cementerio de San Rafael, donde rezamos por el alma del Jefe del heroico Tercio de Requetés de San Rafael, D. Fernando Villalba Ariza, y nos comprometimos a seguir su ejemplo y el de tantos otros soldados de la Santa Causa.



jueves, 24 de octubre de 2019

Actos por la Fiesta de Cristo Rey en Córdoba

El domingo próximo, 27 de octubre, Fiesta de Cristo Rey según el calendario romano tradicional y lo dispuesto por la Encíclica Quas Primas de S.S. Pío XI, los carlistas de los Reinos del Sur celebraremos los siguientes actos en Córdoba, a los que están invitados todos los amigos y simpatizantes de la Comunión Tradicionalista:
1. A las 12:30 asistencia a la Santa Misa tradicional ("tridentina") en la Parroquia de San Pío V, sita en El Vacar (carretera dirección Badajoz, a unos 30 km de Córdoba). Se ruega llevar boina roja (que nos impondremos acto seguido de la santa comunión conforme al Devocionario del Requeté) y llegar con antelación para colocar las banderas de España y de la Cruz de San Andrés. 2. A las 14:30 comida en un restaurante próximo. 3. A las 18:00 homenaje a varios carlistas sepultados en el cementerio de San Rafael, especialmente a D. Juan de Dios Polo y Muñoz de Velasco, General de la Primera Guerra Carlista, y a D. Fernando Villalba Ariza, Jefe del Tercio de Requetés de San Rafael en la Cruzada de Liberación.
¡VIVA CRISTO REY!

miércoles, 9 de octubre de 2019

Glorias del Tercio de San Rafael de Córdoba: el carmelita Fray Juan Crisóstomo Domínguez

El Hno. Juan Crisóstomo Domínguez Rubio era un religioso perteneciente a Orden de los Carmelitas Calzados de la Residencia de Córdoba. Al estallar la Cruzada de Liberación Nacional, solicitó a su Superior poder ingresar en el Requeté para luchar por la España católica. Cuenta Fray Simón María Besalduch que éste le impuso un periodo de reflexión de tres días, pasados los cuales volvió a la celda de su Superior para comunicarle la ratificación de sus propósitos.

Aquel Levantamiento Nacional —decía Fray Juan— no era una guerra que se movía por pasiones políticas y ambiciosas; aquello era una Cruzada más en la Historia de la Hispanidad Católica de nuestra fe, y él estaba decidido a formar un número más entre los bravos cruzados de la magna epopeya.

Requetés del Tercio de San Rafael.
Imagen tomada de requetespuntocom 
Y Fray Juan, con la bendición de la Obediencia, se fue voluntario a colocar su granito de arena en el ciclópeo monumento de nuestra reconquista.

Requeté del glorioso Tercio de San Rafael, de Córdoba, Fray Juan lucha en los frentes con bravura de león de pura raza hispana. Dos veces cae herido, víctima de su indomable arrojo, y, hospitalizado, pide con toda el alma su salud para volver al frente. Sobre su guerrera no flamean las doradas cintas de su mérito ni el galón de cabo que se le ofreció por sus actividades guerreras. A continuas insinuaciones de sus hermanos del Tercio para ostentar su graduación, él respondía con un gracejo inimitable:

«Yo no me incorporé al Requeté para llevar galones, sino para servir a mi Dios y a mi Patria».

Su vida de bravo soldado sabía encontrar ocasiones para ostentar al religioso. Todas las noches reunía a sus compañeros de combate para rubricar con su conducta la santa costumbre de nuestra vieja Tradición. Calladas las máquinas de guerra y el tableteo mortífero de las silbantes ametralladoras; mientras enfrente, en el campo rojo, crujía el viento con los ruidos blasfemos de los infernales moscovitas, Fray Juan, rosario en mano, contrarrestaba con sus plegarias santas, rezadas entre sus valientes requetés, las ofensas inferidas a su Divina Majestad. El Hermano Carmelita, por el fervor y la virtud desplegados entre sus compañeros, mereció entre ellos el cariñoso nombre de "El Padre". Y "Padre espiritual" era en verdad Fray Juan Crisóstomo, ante unos soldados que le querían como a un padre y le veneraban como a un santo.

En la presencia del Juez Eterno hacía falta un justo más que mereciera loor y alabanza. Y en la misma víspera de la Asunción gloriosa de Nuestra Madre Inmaculada, "El Padre" del Tercio de requetés de Córdoba cae mortalmente herido. Un balazo en el corazón le arrancó de su pecho el último grito de su fe y de su ideal: ¡¡¡Viva Cristo Rey!!!

El también hermano carmelita Simón María Besalduch dijo respecto a la heroica muerte de Fray Juan Crisóstomo:

Como hermano suyo en Religión, no sé si entristecerme o felicitarme, porque una muerte tan gloriosa y heroica me hace abrigar la esperanza de radiantes claridades y regocijos para el mártir y para mi bendita Orden Carmelitana.

Necrología de Fray Juan Crisóstomo en
el Diario de Córdoba (26/8/1938)

Fuente: Besalduch, Simón María (1940): Nuestros mártires: religiosos carmelitas asesinados en España, por causa de la fe, durante la guerra contra el comunismo soviético, que empezó con el glorioso alzamiento nacional del 18 de julio de 1936 y termino el 1.º de abril de 1939; pp. 438-439

lunes, 26 de noviembre de 2018

Javier Larrú Sierra (1897-1936)

Tal día como hoy, 26 de noviembre del año 1936, era asesinado por los rojos en Paracuellos del Jarama el ingeniero y destacado tradicionalista Francisco Javier Larrú y Sierra, cordobés de adopción.

Javier Larrú Sierra (1897-1936)
Javier Larrú había nacido el 17 de abril de 1897. Cursó sus estudios con brillantes notas en el Instituto Católico de Artes e Industrias de Madrid.

Perteneció a la Juventud Integrista de Madrid, a la que también pertenecía el hermano de la que sería su esposa, María de los Dolores Niño Juan, con quien contrajo matrimonio en 1922.

Destinado a la Compañía Mengemor, en Córdoba, tuvo distintos proyectos, entre ellos el de la construcción de la línea de Alta, que va desde el salto del Carpio a Villanueva de Minas, trabajo que dirigió personalmente.

Era muy querido de los obreros, con quienes convivía, y, como miembro de la Comunión Tradicionalista, fue presidente del Círculo de Córdoba durante los años de la República, sufriendo el año 1932 persecución y encarcelamiento.

En vísperas del Alzamiento Nacional tuvo que trasladarse a Madrid, por su destino, siendo detenido, lo mismo que su esposa, y, después de ir de cárcel en cárcel, fue asesinado en Paracuellos del Jarama el 26 de noviembre de 1936.


* Información tomada de Larrú y Sierra (Francisco Javier) en Enciclopedia universal ilustrada europeo-americana (Espasa), suplemento de 1936-1939, tomo 1, p. 464, por Antonio Pérez de Olaguer; y El Siglo Futuro (20 de marzo de 1922).

miércoles, 17 de octubre de 2018

«Dios es el principio y fin de todas las cosas». Sermón del Consiliario de las Juventudes Tradicionalistas

El domingo pasado, San Pablo nos rogaba “que viviéramos cual conviene a nuestra vocación [en este caso política] con toda humildad y mansedumbre, con longanimidad, sobrellevándoos mutuamente por amor, guardando solícitos la unidad del espíritu con el vínculo de la paz. Un solo cuerpo y un solo espíritu; como también habéis sido llamados por vuestra vocación a una sola esperanza. Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, obra por todos y mora en todos nosotros; el cual es bendito por todos los siglos. Amén” (Efesios, IV 1-6).
“Omne agens agit propter finem”

Como respuesta a la vocación política en la Comunión Tradicionalista, debemos conjugar nuestras fuerzas, y sólo lo lograremos si tenemos unidad de fin, si ponemos nuestra inteligencia y voluntad en la prosecución del mismo fin que nos señala claramente el evangelio de San Mateo de este domingo XVII del tiempo de Pentecostés: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todo tu espíritu. Este es el mayor y primer mandamiento. Y el segundo es semejante a este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mt. XXII 36-39). Lo que de una manera análoga formula San Ignacio en el principio y fundamento de los ejercicios espirituales.

San Mateo nos exhorta a “buscar primero, ante todo el reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura. No os preocupéis, entonces, por el mañana. El mañana se preocupará de sí mismo. A cada día le basta su propia pena” (Mt VI, 33-34).  Si estamos todos de acuerdo en que esto es así, habremos alcanzado algo fundamental: la unión de nuestras voluntades, de nuestras almas, que, multiplicando nuestras fuerzas,  las hace superiores a toda fuerza humana, pues se hacen divinas, con vínculos de caridad, vínculos de perfección, encarnando la Comunión que nos hace Iglesia, que nos hace Patria.

La gracia que nos une en la prosecución común de ese único y mismo fin de todos y cada uno, nos protegerá de aquello que la oración de esta Misa nos previene, cuando le pide a Dios que “nos conceda evitar los contagios del demonio”, “Da, quesumus, Domine, populo tuo diabólica vitare contagia: et te solum Deum pura mente sectari” (según la etimología los filólogos nos dicen que diablo significa: el que divide), el diablo divide para vencer, nos hace caer en pecado al dirigir nuestros actos hacia cualquier otro fin que no sea Dios (el pecado se define como  “aversio a Deo, conversio ad creaturas”). Entonces al abandonar como fin último a Dios y desviarnos a cualquier otra creatura, los fines se multiplican tanto como las creaturas y las fuerzas se dividen tanto como los fines, para que desviados de nuestro fin nos debilitemos de tal manera que caigamos en pecado, y derrotados quede destruida toda Comunión.

Los malos muchas veces resultan eficaces y alcanzan éxitos aparentes, porque actúan maquiavélicamente; para ellos el fin justifica los medios y no habría obstáculo que no vencieran sus malas artes, porque ni la mentira, ni el crimen les arredra. Y entonces nosotros nos veríamos limitados en nuestro actuar porque San Pablo nos dice que no podemos hacer cosas malas para alcanzar cosas buenas: “Non sunt facienda mala ut eveniant bona” (Rom. III,8). Esto podría hacernos creer que ante tal planteamiento nuestra acción política está condenada a la derrota, y entonces es cuando nosotros podemos sufrir la tercera y última tentación de Cristo en la montaña, cuando el diablo le ofreció todos los reinos del mundo y su gloria, si postrado le adoraba, y el Señor le venció diciéndole: “Vete Satanás, porque está escrito: adorarás al Señor tu Dios y a El sólo servirás”(Mt IV,10) .

Y es ahora cuando quiero recordaros que los malos no cuentan más que con sus propias fuerzas y las ayudas que suben desde el infierno, y aunque “los hijos de las tinieblas son más sagaces que los hijos de la luz” (Lc. XVI, 8), nosotros contamos con Dios, Él es nuestra fuerza y sabemos en quién hemos confiado, “scio qui credidi” (II Tim. I, 12) y no seremos confundidos. Y con la fuerza divina del Resucitado no pueden contar los malos, esa fuerza está en las almas santas, en las almas en gracia de Dios. Esta es una razón más por la que debemos vivir en estado de gracia; como sarmientos debemos permanecer unidos a la Vid, para poder dar buenos frutos, frutos de vida eterna. Sin la gracia de Dios no somos más que muertos en vida. Nada sin Dios.

Citando un ejemplo, el mundo liberal que ha renunciado a la unidad católica, pretende utópicamente la unidad territorial de España, como tantos conservadores que pretenden embalsamar, para mantener entero el cadáver de un animal sin alma y del toro no queda entera ni la piel. Esto es hacer de la añadidura un fin último. Otros movimientos políticos, que tientan a muchos españoles incautos, que para alcanzar su fin caen en la amalgama democrática, buscando respaldo económico, se venden por un plato de lentejas al mismo sistema. Incluso dentro de nuestras propias filas aquellos que no viven cristianamente olvidan el salmo 125: “Si Dios no trabaja, en vano se fatigan los obreros”.

El tradicionalismo se distingue de todos los demás movimientos por su fin último claro y preciso, trascendente y meridiano: Buscar el reino de Dios y su justicia, o como dice la oración de este domingo: “te solum Deum pura mente sectari”. Fiel a lo fundamental y esencial. Construyendo sobre la piedra angular que es Cristo, despreciada por todos los demás, razón de ser del trono y el altar, de nuestro lema: Dios, Patria, Rey.

En la  segunda parte del precepto: “amarás a tu prójimo como a ti mismo”, caridad horizontal de nuestra vocación se une como en una cruz con la caridad vertical, pivotante, que une la tierra con lo más alto: Dios, con la horizontal, abierta a los prójimos que viven en esta tierra en un abrazo redentor. Por eso “hacemos política”. Nos preocupan nuestros prójimos, esos que según el orden de la caridad, tienen una prelación en nuestras obligaciones que conjugan nuestros deberes de caridad y justicia.
Estas obligaciones son las que hoy nos debemos plantear: ¿Qué hacemos?, ¿cómo lo hacemos?, ¿qué debemos hacer?, ¿qué NO hemos hecho?; ¿qué hicimos mal?, ¿qué omisiones cometimos y cometemos?

La caridad como virtud operativa nos urge “Charitas Christi urget nos“. Sabemos, “Porque como el cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe sin obras está muerta” (Santiago 2,26).
Hemos puesto nuestra FE en Cristo, en Dios Encarnado. Creemos en la Encarnación de Dios y cada vez que rezamos en la Misa el Credo al llegar al “et incarnatus est” nos hincamos, lo mismo hacemos en el último Evangelio al rezar el Prólogo del Evangelio de San Juan. Cada vez que rezamos el Ángelus “el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” honramos el centro mismo de nuestra FE en la Encarnación.

El Verbo de Dios Encarnado, como le anunció el Anciano Simeón a María Santísima, sería piedra de tropiezo, escándalo para muchas almas. Lo fue para el ángel más perfecto cuando ante la Encarnación dijo “Non serviam”. Ante el milagro de la transubstanciación eucarística muchos judíos se escandalizaron ante la posibilidad de comer el cuerpo y la sangre del Señor. Y ante la encarnación, con minúscula, de cosas grandes en su concreción material muchos se escandalizan. Por ejemplo, si ante la encarnación de algo tan grande como el sacerdocio en mi yo concreto y personal, o ante la encarnación de la autoridad papal o la autoridad temporal y política en determinado Rey nos podemos llegar a escandalizar, recordemos aquello de Nuestro señor, “Bienaventurado el que no se escandalice de mí” (Lc.VII,23). Por eso no debemos desalentarnos ante las diferentes concreciones en las que encarnamos ese ideal tan sublime que nos ha sido legado: la Tradición. Bajar de lo teórico a lo real, de lo abstracto a lo concreto, por lo general, lleva a muchos militantes a escandalizarse, apostatando, desertando o revelándose. “Es inevitable que haya escándalos, pero ay de aquel que los ocasione, más le vale que le cuelguen al cuello una de esas piedras de molino que mueven los asnos y le hundan en lo profundo del mar” (Mt. 18, 6). Dios nos libre de ser ocasión de escándalo por nuestras incongruencias. Sólo lo podremos evitar si permanecemos muy unidos a Nuestro Señor por la gracia, pues Dios no puede escandalizarse jamás, y a El nadie le puede argüir de pecado.(Jn IX,6) .
Agere sequitur esse.

El ideal, la vocación a la que somos llamados, debemos encarnarla. Hacerla sensible para que sea testimonial, pues sabemos que nada puede llegar al alma sin antes pasar por los sentidos. Nuestro espíritu católico, nuestra militancia tradicionalista, nuestra vocación carlista, la debemos materializar, hacer sensible, percibida por los cinco sentidos de nuestro prójimo, manifestando nuestro ser de manera sensible, visible, palpable, audible, etc.

Nuestro Señor nos recuerda que: “Vosotros sois la sal de la tierra. Mas si la sal pierde su sabor, ¿con qué se la salará? Para nada vale ya, sino para que, tirada fuera, la pisen las gentes” (Mt. 5, 13). Por lo tanto, debemos ser “gustables”, y en cuanto gustables, no podemos ser unos “sosos”, unos “desaboríos”. Y aunque nos parezca esto un imposible, pensemos que Nuestro Señor se hizo alimento, y fue, también, para darnos ejemplo. Hoy existe una multitud hambrienta que debemos alimentar, que no solo viven de pan, sino que nos devoran integralmente, nos devoran el tiempo, las fuerzas, las economías. Un militante de verdad es un hombre “comido”. Y ante la ferocidad de aquellos que, entre nuestros semejantes, nos devoran, casi que nos produce cierta nostalgia las dentadas fauces de las fieras que devoraban cristianos en el circo. Por eso les animo, antes que a la postre nos devoren los gusanos, a dejarnos comer por nuestros hermanos hambrientos.

También nos dice San Pablo que: «Nosotros somos el buen olor de Cristo» (2 Cor. 2,15). Por nuestras virtudes en medio del hedor de tanto pecado ( Rom. III,10). En medio de las nauseabundas ideologías de la degeneración contemporánea, debemos recordar que en la raíz etimológica de la palabra virtud, está la raíz: “vir”, que quiere decir: hombre, fuerza. Por eso, sin entrar en detalles, el militante tradicionalista no pueda ir oliendo por ahí a perfumes Jean-Paul Gaultier. Muchos de nuestros prójimos tienen el “sensus fidei” y por “olfato” perciben muchas cosas no solo en el orden espiritual, sino también en el orden natural. Procuremos ser de tal manera que seamos odorables, no sólo para quien pueda carecer del oído o la vista, sino también para aquellos que, teniendo el olfato fino, puedan percibir que sois portadores de las más preciosas esencias. Seamos, como el vaso de barro que a los pies de Cristo derrama la Magdalena, existencia que, derramada a los pies divinos inundan la casa de agradable olor. El buen olor es generoso y al soplo del Espíritu lo esparce, lo lleva, allí donde Él quiere.  Mas un alma sin la gracia ni la caridad es un cántaro de vino corrompido, de vinagre, de celo amargo, del que todos huyen solamente por su olor. La pureza de su vida y sus costumbres es un lirio casto y puro que con su aroma exorciza el espíritu inmundo que habita en una ciénaga de impureza en la que están empantanadas tantas almas, donde perecen tantos ideales, donde sucumben tantas voluntades.

La doctrina tradicionalista la debemos vivir, encarnar, para que sea tangible. De lo contrario,  muchos escépticos contemporáneos que, como Santo Tomás no creen si no meten los dedos en las llagas del Señor, jamás nos tomarán en serio si en realidad no hay nada qué “tocar”.
Un carlista es un hijo de la luz, por eso un carlista debe ser visible. Y no se enciende una lámpara para ocultarla bajo el celemín. Debemos ser “Como antorchas en el mundo” (Fil. 2,15). Os exhorto con San Pablo a vivir como “hijos de la luz” (Ef. 5,8ss. 1 Tes. 5,4ss); fuimos en algún momento «tinieblas» ahora que conocéis la verdad sois «luz en el Señor»: en consecuencia debemos vivir como luz, renunciando a las tinieblas del pecado y la ignorancia. Un carlista lleva sobre su frente una boina colorada, evidentemente no es para camuflarse, mimetizándose, con el mundo y en el mundo, sino para hacer visible su identidad. Los carlistas siempre fueron reconocidos como referentes de la ortodoxia, de la sana doctrina.

El respeto humano ha llevado a muchos tradicionalistas a un silencio culpable. Callar ante el mundo, traicionando la verdad, es una cobardía, indigna de nuestros mayores. Muchos de vosotros, con el Bautista, sois una voz que clama en el desierto, haciendo audibles las verdades que no pasan de moda, predicando la verdad que hace libre a los hombres, proclamando con generosidad y valentía la doctrina de siempre, tradicional, que es patrimonio de todos. De la abundancia del corazón habla la boca, tratemos en estos días de vaciarnos de frivolidades y llenarnos de sabiduría. La Fe llega por el oído “fides ex auditu”, no nos cansemos de sembrar, algunas palabras caerán en tierra fértil y darán el ciento por uno.   ¿Dónde irá la sociedad si solo el Señor tiene palabras de vida eterna? ¿Cómo llegará la libertad a las almas si permanecemos callados o diciendo sólo y siempre tonterías?

Encarnar es hacer sensible, hacer sensible es hacer tangible, audible, visible, odorable, gustable.

El Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros. Y nosotros hemos visto su gloria, la gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad. Y encarnado el Espíritu Católico podremos vivir en la Cristiandad siempre anciana y siempre nueva.

La gracia de la Encarnación es una gracia eminentemente mariana. Que su Corazón Inmaculado nos conceda esta gracia. Participando así, participaremos de su Victoria pues al fin el Corazón Inmaculado ¡TRIUNFARÁ!
El Consiliario
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